Vol. 28 - Num. 111
Cartas al director
aPediatra. CS Algorta. Vizcaya. España
Correspondencia: F Fiorita. Correo electrónico: fioritafilippo@gmail.com
Cómo citar este artículo: Fiorita F. Oídos que escuchan, palabras que hieren: la responsabilidad de lo que decimos en la consulta . Rev Pediatr Aten Primaria. 2026;28:417-8. https://doi.org/10.60147/0e143c3b
Publicado en Internet: 23-09-2026 - Número de visitas: 344
Sra. Directora:
En la consulta solemos hablar con las familias sobre aspectos de la vida que trascienden el campo puramente médico. Y lo hacemos desde una posición de poder, por lo que el impacto de lo que decimos puede tener consecuencias mayores de lo que nos esperamos.
Es frecuente que demos por hecho algún detalle que puede chocar con la realidad de las personas que tenemos delante. Cuando le preguntamos a Unai de qué equipo de fútbol es, asumimos que le gusta el fútbol por el mero hecho de ser chico; sin embargo, Unai lo odia porque le toman el pelo por no saber jugar y con nuestra pregunta se siente incómodo e inadecuado. Cuando felicitamos a Ane por cuidar tan bien de su muñeca, reforzamos otro estereotipo de género por el que una mujer es buena en cuanto cuidadora; y cuando en la revisión con su hermana mayor indagamos sobre un posible novio, establecemos la heterosexualidad como lo normal, excluyendo y deslegitimando otras realidades posibles. Cuando le preguntamos a la abuela de Isabella si también la madre está con gastroenteritis, nos imaginamos una familia convencional, olvidando que Isabella lleva un año sin ver a su madre porque se ha quedado a vivir en otro país.
También puede suceder que una palabra descuidada sea percibida como un juicio o una condena. Durante la residencia aprendemos a diagnosticar y tratar cuadros, como la obesidad o la talla baja, pero ningún programa formativo enseña cómo hacerlo de una forma respetuosa. Para hablar del peso o la talla usamos adjetivos que se refieren directamente a la persona (“bajito”, “gordita”…). Nuestros/as pacientes están en pleno desarrollo de su identidad y con nuestras palabras podemos contribuir a que perciban su cuerpo como el problema y que su autoimagen sea negativa. Las consecuencias que se pueden generar (baja autoestima, culpabilidad, trastornos de conducta alimentaria) son peores que la enfermedad inicial.
En otras ocasiones es la madre o el padre los que empiezan a hablar de algo delicado bajando el tono de voz o escondiéndose detrás de la espalda de su hijo/a, como si así no le pudiera escuchar. “El abuelo tiene cáncer”. Y mientras el adulto busca con la mirada nuestra complicidad, el niño/a empieza a mover las piernas colgadas de la silla y a fruncir el ceño. Lo está escuchando todo y lo que no entienda probablemente lo interpretará según su pensamiento mágico y egocéntrico (“Al abuelo le pasa algo malo y es porque me he hecho pis en la cama”).
Trabajando con la infancia tenemos la responsabilidad de cuidar de manera especial lo que se dice en la consulta para no herir en vez de curar. Por un lado, tenemos que ser conscientes de nuestros sesgos y prejuicios y, antes de asumir nada, conocer la realidad de las familias. Para esto hay que saber escuchar, y para poder escuchar hay que crear un espacio seguro en el que haya respeto y empatía. Por otro lado, no podemos olvidar que una persona con oídos es una persona que escucha, aunque tenga cuatro años y esté dibujando. Nuestro/a paciente siempre tiene que formar parte del flujo de comunicación que se mantiene en la consulta y a veces será necesario explicárselo al resto de su familia. El lenguaje debe ser respetuoso, directo y comprensible según la edad del paciente para no dar margen a la malinterpretación. En los casos en los que no sea posible, se podrá recurrir a citas en las que el niño o la niña no esté presente.
Además, con nuestras palabras tenemos el poder de darle la vuelta al asunto y plasmar nuevas posibilidades… Ane, ¿de qué equipo de fútbol eres?
El autor declara no presentar conflictos de intereses en relación con la preparación y publicación de este artículo.